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El Fútbol en Cuentos

 

El Metropolitano de Mérida se vistió de tristeza, una vez más, no solo por la derrota, sino que nada es tan triste que un juego a puerta cerrada. El viento se hace tan frío y tan dueño de todo que se duerme en las sillas vacías y, apaga sin piedad, el ondeo de las banderas rojiblancas y las ansias de grito del fanático.

Aunque los primeros resultados del torneo nos hayan desanimado, un par de victorias de visitante nos hizo recordar que siempre se puede esperar mas del equipo. A veces nos alegramos con tan poco, que se nos olvida que nuestra nómina tiene más valor en voluntad y deseo que en transfermarket.

Dicen que la casa se respeta, dicen que, o al menos se lo escuché a uno de los videos motivacionales de Guardiola en aquella época del mejor 10, Ronaldinho, que había que jugar pulgada a pulgada, centímetro a centímetro. Yo no estaba en ese camerino, pero me provocaba meterme a la cancha.

Después de esa época han pasado muchos juegos y aquel “tiki taka”, pasó a formar parte de los anaqueles de las librerías y amantes del fútbol romántico que hoy decae, como casi todo lo romántico que llega a su esplendor y cae al abismo.

Por alguna razón, aquel video motivacional usado para la Champions de la época y que finalmente logró conquistar, quedó en mi memoria y aflora en mis días difíciles. A veces sueño estar en un camerino y no hablar, solo tallarle la mente a mis jugadores de que la pelota no tiene amigos, que se pelea hasta el pitazo, cualquier pitazo.

El equipo naranja, vestido de otro color, llegó con el favoritismo ante Estudiantes de Mérida, pero nuestra testarudez de emular la gloria, nos llevó a pelear el partido en nuestras casas, detrás de nuestras radios, del internet, porque ya no queremos regalar nada. Nuestra propia desidia, nuestra mala suerte no nos permite ser reflexivos, y aunque soñemos, alguien la caga.

Aquel discurso de Guardiola, que años atrás me movió las emociones, de no regalar ni un centímetro, ni una pulgada, nunca llegó a ciertos camerinos porque no solo regalamos la localía jugando puerta cerrada, sino que también regalamos metros sobre el maltratado césped del Metropolitano.

Primero fue el defensa que prefirió dejarla picar a su espalda y permitir, con mucho esfuerzo, pero poca lógica, que el delantero rival tuviera mas de 35 metros totalmente solo para ganar la pelota, obligando a Tito a salir de su arco y hacerse expulsar. Todo ese regalo en el primer tiempo.

Luego, para infortunio de nuestras esperanzas, del carácter del resto de la plantilla, regalamos el último metro, el último centímetro, sí el último centímetro en los últimos minutos cuando otro jugador asumió que todo estaba ganado y se dejó zapatear la pelota dentro del área. Entiendo que lo hiciera yo, que mi logro más grande fue hacerle un gol de chiripa a Rafael Dudamel cuando éramos niños, pero no el refuerzo.

Cada metro cuenta, cada centímetro cuenta más, no estoy pidiendo que tengan sentimiento por el equipo, no saben cómo lo amamos, eso nos da grandeza, pero sí respeto por la tarea que le encomian. El partido no lo gana quien recorre once mil kilómetros, sino quien da el paso extra.

En el libro “La pregunta de sus ojos”, llevada al cine como “El secreto de sus ojos” su autor Eduardo Sacheri llamó Platón, a aquellos jugadores y directivos que viven de la Academia, de Racing de Avellaneda. Nosotros tenemos en nuestro equipo académico muchos platones y muchos sócrates que llegan, no pelean el centímetro a centímetro, y meses después se largan a kilómetros de años luz.

 

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