Carlos Mendoza no esquivó la autocrítica al analizar la temporada pasada de los Mets de Nueva York. Más allá de los resultados en el terreno de juego, el manager identificó un factor interno que, a su juicio, terminó influyendo en el rendimiento colectivo: un vestuario excesivamente serio, distante y con poca conexión emocional entre los jugadores.

Desde su perspectiva, el grupo funcionaba más como una estructura empresarial que como un equipo de beisbol unido por la convivencia diaria. Esa falta de celebración interna, incluso en los pequeños logros, terminó afectando la química y la energía del clubhouse a lo largo del calendario.

Mets y la dura temporada del 2025

El diagnóstico de Mendoza apunta a un cambio de enfoque para la nueva temporada. El dirigente considera que un equipo competitivo no solo se construye con talento, sino también con vínculos humanos sólidos. Celebrar victorias, buenas actuaciones individuales y momentos clave puede parecer un detalle menor, pero en una temporada larga puede marcar diferencias importantes en la motivación y el compromiso.

En el caso de los Mets, la presión externa, las altas expectativas y un entorno rígido terminaron creando una atmósfera fría, poco propicia para el disfrute del juego. Mendoza cree que ese ambiente limitó la capacidad del equipo para reaccionar ante las adversidades y sostener rachas positivas.

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De cara al nuevo curso, el cuerpo técnico trabaja en generar un vestuario más cercano, donde los jugadores se sientan respaldados y libres de expresar emociones. La idea no es perder profesionalismo, sino equilibrarlo con identidad, confianza y sentido de pertenencia.

El mensaje es claro, los Mets buscan cambiar la narrativa desde adentro. Para Mendoza, recuperar la alegría de jugar y fortalecer la convivencia diaria puede ser tan importante como cualquier ajuste táctico. La temporada que viene será una prueba no solo de talento, sino de carácter colectivo.