Más de una década después de colgar los spikes, Jorge Posada volvió a colocarse en el centro del debate en el universo de los New York Yankees. El exreceptor fue consultado recientemente sobre la posibilidad de convertirse en mánager en algún punto de su vida, y aunque reconoció que se trata de “un trabajo extremadamente difícil”, dejó una frase que no pasó desapercibida: “Nunca diría nunca”.
La respuesta, prudente, pero abierta, encendió de inmediato las especulaciones. Posada, uno de los líderes más respetados de la dinastía moderna de los Yankees, siempre fue valorado por su inteligencia para manejar lanzadores, su carácter competitivo y su presencia en el clubhouse. Cualidades que, para muchos, encajan perfectamente con el perfil de un dirigente en Grandes Ligas.

El comentario también reavivó una conversación más amplia: ¿qué pasaría si una leyenda de la franquicia decide dar el salto al dugout? Y aquí aparece inevitablemente otro nombre icónico: Derek Jeter. Aunque Jeter ha dejado claro en el pasado que no le atrae la rutina diaria de ser mánager, su experiencia como ejecutivo con los Marlins demostró que no es ajeno al liderazgo desde la oficina.

Este escenario hipotético lleva a una pregunta directa: ¿sería esto el principio del fin para Aaron Boone como dirigente de los Yankees? Boone ha vivido años de alta presión, con constantes apariciones en postemporada, pero también con críticas por decisiones tácticas, manejo del bullpen y resultados que no siempre han cumplido con las expectativas del Bronx.

La posible llegada de una figura como Jorge Posada o incluso un eventual giro de Jeter hacia el terreno no solo significaría un cambio de nombre, sino un golpe emocional para la base de fanáticos. Sería apostar por el ADN histórico del equipo, por líderes que vivieron la exigencia de ganar en Nueva York y entienden lo que representa vestir ese uniforme.

Por ahora, todo queda en el terreno de la especulación. Jorge Posada no ha anunciado planes concretos y Boone sigue al mando. Sin embargo, en los Yankees, donde el pasado siempre pesa tanto como el presente, basta un “nunca digas nunca” para que el futuro del banquillo vuelva a estar en discusión.