Hay datos que obligan a detenerse y mirar dos veces. En la historia de las Grandes Ligas, desde 1935, apenas 23 jugadores se han retirado cumpliendo un criterio muy específico: promedio de bateo de al menos .315 y más bases por bolas que ponches, con un mínimo de 3.500 apariciones en el plato. Hoy, en pleno beisbol moderno, solo un jugador activo cumple exactamente con esas condiciones, y su nombre es Luis Arráez.
Lo verdaderamente impactante llega después. Todos y cada uno de esos 23 nombres forman parte del Salón de la Fama. Sin excepción. Es una lista cerrada, casi intocable, que conecta generaciones distintas bajo un mismo rasgo: bateadores que entendieron el juego mejor que el promedio y lo ejecutaron con precisión quirúrgica.
Luis Arráez y el dato que lo ubica al lado de leyendas
No es una estadística llamativa por volumen, sino por lo que revela sobre control, constancia y dominio del turno. El venezolano no encaja en el molde tradicional de poder ni vive de los jonrones espectaculares. Su valor está en otro lugar: contacto puro, selección de pitcheos y una calma poco común en la caja de bateo.
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El dato no garantiza una placa en Cooperstown, pero sí coloca su nombre en una conversación reservada para leyendas. Si la salud y la consistencia lo acompañan, Luis Arráez no solo seguirá desafiando tendencias, sino también escribiendo una historia que ya empieza a sentirse especial, incluso antes del retiro.

